sábado, 28 de noviembre de 2009

Mensaje en una botella (versión 43)


La policía encontró el cuerpo tumbado en la bodega. No había marcas de violencia a primera vista. A escasos centímetros estaba un hueco donde, horas antes, descansaba una botella legendaria.
Mire agente, en mi condición de viuda y madre me es difícil explicarle. Patrocinio Pascual y yo criamos a nuestros hijos en el amor al trabajo. El mayor se llama Patrocinio y el segundo Pascual. Con frecuencia mi esposo les decía que si eran de buena cabeza, les confesaría el secreto de cómo triunfar en la vida.
Al cumplir ambos la mayoría de edad, el padre los reunió para decirles que partiría su viñedo en tres, que cada uno escogiera el que le gustase y le dejaran un tercio. Patrocinio le dijo que no, prefería seguir llevando las cuentas de la producción junto a la de la casa. Pascual sugirió le dieran dinero para tener su propio viñedo lejos de aquí. A los cinco años, Pascual se había convertido en hombre de negocios. Llegó al pueblo de visita con el coche del año, junto a su esposa y dos hijos cubiertos con oro. Patrocinio, también compró el coche del año, mantuvo un nivel de vida parecido al de su hermano con la compra a créditos de los equipos de última generación. Para pagar los créditos, hipotecó el viñedo.
Un mes antes de cumplirse el plazo, un funcionario visitó a Patrocinio para actualizar los términos del traslado del viñedo a la Compañía hipotecaría en caso de no poder pagar. Ese día, su padre se quedó dormido en la bodega sin percatarse Patrocinio. Al escuchar su padre la conversación no pudo dialogar por el dolor en el estómago que se transformó en un calambre en el pecho.
Un mes después, mi esposo regreso del Hospital convencido que el orden de la casa seguía alterado.
Patrocinio, temeroso que la pérdida del viñedo provocara otro infarto al padre, decidió llevar a una Compañía de vino, el hallazgo de un nuevo tipo de formulación, descrito en el interior de una botella legendaria que encontró su tatarabuelo un día de pesca. La botella fue pasando de generación en generación como una reliquia. La Compañía de vino mostró entusiasmo y solicitó unas horas para hacer cálculos y pruebas de producción. Finalmente, aceptó. Patrocinio le entregó su número de cuenta bancaria para que le depositaran el dinero convenido.
A la semana entrante, el mismo funcionario de la Compañía de vino visitó a Pascual por orientación del dueño. Le comunicó que la Compañía que él representaba había comprado su vino en venta en los comercios y el que tenía almacenado en las bodegas. Además, solicitó hacer lo mismo con el último lote que saldría al mercado. Pascual sonrió con felicidad. El funcionario le sugirió que dejara la sonrisa para el final porque no había concluido la conversación. Le exigió que a partir de ese instante, bastara que una sola botella de su vino apareciera en el mercado para que su Compañía lo acusara primero y lo demandara después por el monto que se le pagó a su hermano Patrocinio al vender la patente. Le enseñó las fotocopias de los papeles con firmas, cuños, registros y legalización en los diferentes niveles.
El funcionario le aconsejó que podría hacer los trámites que considerase oportuno en contra de la Compañía, que lo demás era asunto de familia. Le comentó que oyó decir que su hermano Patrocinio viajó.
Mi hijo Pascual denunció a su hermano a la policía y le comunicó por teléfono a mi esposo que Patrocinio había vendido la patente encontrada en la botella legendaria. Lo que jamás nos confesó Pascual y sabíamos, fue que el éxito de su negocio se lo había proporcionado el secreto embotellado que sin permiso leyó y después robó a la familia.

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